En algún lugar de Arizona.
7: 40 PM
Alice despertó dentro de un autobús, recordaba que había forcejeado para evitar que la introdujeran en él, pero todos sus esfuerzos habían sido en vano. Su mejor amigo había tratado sin éxito de detener a los hombres que se la llevaban y lo único que había conseguido era una fuerte golpiza. Ella perdió el conocimiento al ver semejante atrocidad. Todo en su mente pasaba como una película de horror que le dolía recordar, sin embargo era necesario para actuar posteriormente.
Dentro del autobús había muchas niñas pequeñas, aproximadamente de 7 años; todas muy emocionadas y expectantes, todas estaban ataviadas con vestidos negros con estampado floral que les cubría todo el cuerpo a excepción de la cabeza y las manos. Usaban zapatos escolares y calcetines blancos además de estar peinadas con sendas trenzas de cabello largo que colgaban atrás de las orejas. No había rastro de ningún adulto cerca. El compartimiento del chofer estaba cerrado, y la única visibilidad posible era en las ventanillas.
Ahí pudo contemplar el paisaje semidesértico a cada lado de la carretera y en la lejanía se divisaban algunas montañas.
Alice se levantó del asiento en el que se encontraba y le preguntó a la niña que se encontraba más cerca, que era una de las más grandes.
-¿C…cómo te llamas?-
-Jijiji- la niña rió por lo bajo. - ¡Alice! ¿No me recuerdas? Soy Vanesa.-
-¿Qué está pasando? ¿A dónde nos llevan?- preguntó completamente desconcertada.
-¿En realidad no recuerdas nada? ¿Será igual para todas nosotras? No les digas nada a las niñas pequeñas, ellas están emocionadas por ser elegidas para visitar al gran Quentin.-
-¿Puedes explicarme que sucede? Te lo suplico, no le diré a nadie.-
-Está bien. – Dijo Vanesa. - ven, vamos al fondo del autobús.-
Alice estaba muy confundida, sin embargo siguió a Vanesa.
-Eres la primera elegida, la prueba de que Quentin quiere dejar su legado con nosotros en la Tierra.-
-¿A qué te refieres exactamente?- dijo mientras observaba los profundos ojos azules de Vanesa.
-Pertenecemos a la tribu de los Quentinitas, nuestra creencia principal es que Quentin ha llegado de muy lejos para salvarnos de los horrores de este mundo, tu fuiste la primera elegida para crear una nueva vida, el primer hijo de Quentin en este planeta. – Alice ahogó un grito, pero Vanesa continuó. - Nuestros padres nos han ofrecido como sacrificio a Quentin para conseguir la paz, mientras esperamos el nacimiento de tu hijo que traerá de nuevo la bondad a este mundo. –
Alice tocó su vientre y lo sintió hinchado, por primera vez tuvo conciencia de si misma. También estaba vestida con un atuendo similar al de las niñas, su piel era sumamente blanca y su complexión extremadamente delgada. De repente se sintió asqueada y con ganas de vomitar. Corrió a la puerta de la cabina del conductor y golpeó fuerte.
-¡Abran la puerta, necesito bajar!-
El autobús se detuvo y la puerta se abrió. Un extraño hombre vestido completamente de negro les dijo:
-¡Bajen todas, hemos llegado a Sonora!
Las niñas formaron una fila detrás de Alice, que se apresuró a bajar y respirar aire fresco para mitigar las nauseas.
Estaba frente a un hotel mexicano de dos pisos, hecho de ladrillo rojo y teja, con balcones de madera. Habría sido bonito en otras circunstancias, pero no en ese momento.
Alice corrió al interior, en busca de un sanitario, el cual no tardó mucho en encontrar gracias a las señales que indicaban en donde se encontraba. Vanesa la siguió y entró también.
Al contemplarse en el espejo, Alice se horrorizó. Era una chica larguirucha, blanca en extremo y delgada, con un bulto a la altura del abdomen y dos trenzas situadas a cada lado de la cabeza. Parecía que no le había dado el sol en mucho tiempo.
-¿Qué me pasa? ¡Esta definitivamente no soy yo!- Gritó horrorizada.
-Cálmate, eso no es bueno para el bebé. - Dijo Vanesa.-
-¿Cuál bebé? Yo no quiero esto – dijo señalándose el vientre. Levantó la falda para contemplar en el espejo el bulto que tenía. El reflejo era algo horrible. Una masa amorfa de piel plegada que caía sobre las piernas de Alice.
La impresión que le causó ver eso, provocó que comenzara el trabajo de parto.
-Ya ves, te lo he dicho y no hiciste caso. Ahora si tendrás que guardar la calma. –
-¿Me vas a ayudar? – lloró Alice.
-Por supuesto, yo estoy a tu cargo. – Vanesa se lavó las manos y humedeció una toalla que estaba a un lado del lavabo.
-¿Cuántos años tienes? – preguntó Alice.
-Dentro de unos días cumpliré 13. Pero no te preocupes, he hecho esto muchas veces, mi mamá es la partera de la tribu y siempre le ayudo.-
De repente salieron del cuerpo de Alice dos criaturas entre una sustancia gelatinosa de color oscuro. La primera era un pez negro muerto, la segunda era un feto cianótico de color casi morado sin cerebro.
-¿Qué es eso? – Alice cayó sentada en el piso mientras contemplaba con asco las criaturas que se encontraban a su lado. No pudo contenerse y comenzó a vomitar.
-Ya casi termino, solo falta que saque lo más importante de tu interior. –
-¡Vanesa, sácalo todo! ¡No quiero tener nada en mi interior, hazlo por favor! – suplicó Alice entre arcadas.
Vanesa tomó con ambas manos lo que parecía ser una serpiente, la cual forcejeaba con ella y mientras lo hacía, iba perdiendo las escamas.
Cuando por fin Vanesa logró sacar el contenido de la cavidad de Alice, envolvió la serpiente en la toalla.
Alice se incorporó y salió corriendo del baño, Vanesa estaba demasiado absorta con la criatura recién nacida que ni siquiera se percató del escape de Alice, la cual encontró una habitación abierta y se introdujo en ella. Lo único que quería era quitarse esa ropa y bañarse, no soportaba el líquido viscoso que la cubría, así que se encerró ahí antes de que alguien la viera y empezó a buscar algo con que cambiarse.
Encontró una maleta que contenía ropa elegante, como de una persona que trabaja en una oficina. Supuso que pertenecía a una persona de negocios, porque encontró trajes y camisas blancas. Por fin logró sacar un conjunto deportivo y lo llevó consigo. Pensó en tomar una ducha rápida.
La habitación estaba siendo limpiada, así que la empleada regresó y encontró la puerta cerrada, consideró que había regresado el huésped que la ocupaba así que decidió volver más tarde.
Mientras estaba en el cuarto de baño, Alice frotaba con mucho jabón todo rastro de aquella sustancia que anteriormente la cubría, dejando que el agua lavara todo su cuerpo y se llevara esa desagradable sensación que la atormentaba.
Salió de la ducha y se observó de nuevo en el espejo que estaba frente a ella. Seguía sin comprenderlo, el reflejo no correspondía a ella misma.
Alice solía ser una chica de 22 años, alta, de complexión delgada, pero no esquelética, cabello castaño y ojos verdes. La imagen que contemplaba era de una niña, no mayor a los 16, blanca y de cabello rubio, muy delgada y no muy alta.
Tocó su rostro mientras con la otra mano alcanzaba una toalla. En ese momento escuchó que la puerta de la habitación principal se abría.
-¿Quién está ahí? – Dijo una voz femenina…